Hijo de Armenio

Yo no necesito izar un pabellón, cada mañana, ansioso, ni necesito emocionado arriarlo cada tarde, lento.
Lo tengo, si elevo la mirada; firme está, radiante, sempiterno...
Y hasta el sol, que áureo refulge en ese cielo, me recuerda que bajo él, todo es más claro. Sé de otros que no lo fueron.
¿Quién puede vanagloriarse de estar siempre al amparo de un paño sin fin, que rodea, generosamente, el universo?
Así es mi tierra, como mi bandera, franca y abierta; bajo su celeste, se cobijan otras razas, otros credos.
Sé de otros estandartes, con lunas y estrellas en su campo de color sangriento.
Sé también que bajo su rojo, heridos gimieron, corazones armenios, y que esas estrellas no dejaron crecer a niños huérfanos.
Y esa luna no iluminó el camino de desamparados harapientos.
Pero hubo una llama fervorosa, la fuerza de la raza herida, que no se apagó, pese al infierno. E iluminó el camino de oscuros recuerdos. Y entre otras naciones generosas ¡Gracias Argentina!, puedo decir: "¡Yo sit hijo de armenio!"

Cacho Salbachian.